“Romántica”, de Leopoldo Lugones, con imagen de Alphonse Mucha

 

Tu recuerdo es como un olor de rosas,

A cuya sugestión mi pecho siente

Esa melancolía de las cosas

Que guarda el aposento de un ausente.

 

La última tarde, como el viento fuera

Un poco más cordial que en estos días,

Llegó esa exhalación de primavera

Al huerto de mis breves alegrías.

 

La glorieta con su ámbito desierto

Evocaba tus largos peinadores.

Y dorado de otoño hacía el huerto

La caridad de sus postreras flores.

 

En el lago espectral, la clara luna

Que da el insomnio del amor aciago,

Reglaba sus fulgores como una

Camelia deshojada sobre el lago.

 

Alguno refería en la enramada

La historia de un amor, ahora yermo,

Con la voz temerosa y mesurada,

Como en consulta sobre un niño enfermo.

 

Y tu nombre surgió de aquella obscura

Narración, avivando ignotas huellas;

Y al eco de tu nombre en la espesura,

Toda mi noche se nevó de estrellas.

 

Y te vi como en esa hora distante

Cuando al efluvio de amistad que deja

Tu falda, me sentí un poco gigante,

Y bueno como un ángel o una oveja;

 

Como en ese crepúsculo sombrío,

Cuando ante el duelo de las hojas mudas,

Nuestras almas, vistiéndose de hastío,

Se parecían como dos viudas…

 

En esa tarde y ésta, iguales miedos;

Igual tristeza en el follaje inerte;

Y tú a mi lado y en tus finos dedos

Una sutil insinuación de muerte.

 

Mi huérfano dolor, como un ropaje

Demasiado magnífico, te abruma;

Mientras tu fantasía, en un miraje

De arborescencia capilar se esfuma.

 

Y ese miraje cuya sombra arranca

Toda su luz a tu mirada fija,

Está flotando en la tiniebla blanca

Del ópalo que adorna tu sortija.

 

Con languidez de plenilunio boya

En descompuesta carnación de almendra,

El ánima fluida de la joya

Que en gota de coñac su luz acendra.

 

A su influjo despiertan mis cautivas

Penas, renace mi abatido encanto,

Y me acojo a tus manos evasivas

Para que el pecho no me duela tanto.

 

Son pobre lenitivo a mi amargura

La aquiescencia trivial de tu elegante

Sombrilla, y la etiqueta un poco dura

Que autoriza la punta de tu guante.

 

Tu carne se congela en alabastro,

Y mi palabra, en ti, sólo despierta

Una vaga sonrisa, como el rastro

De una hoja seca sobre el agua muerta.

 

Fúnebre es tu candor adolescente

Que la luna sonámbula histeriza,

Y el perfume de nardo decadente

En que tu alma pueril se exterioriza.

 

Fría en el mármol cruel de tu inocencia,

A la hosca fiera que en mi amor te brama

Sonríe tu romántica indolencia

Rebuscando actitudes de gran dama.

 

La fiera se deslumbra en el destello

Que tu collar adamantino arroja,

Y la apacientas con tu fino cuello

Que en su agua de iris el diamante moja.

 

Pero hay algo de ti, caricia leda

Que en mí revive; tu perfume acaso,

Que como una sutil cinta de seda

A ti te arrastra, y me insinúa al paso

 

Que tus ojeras lánguidas no mienten.

Y mientras, desde la pradera oscura,

Las azucenas pálidas asienten

Al galante cariz de la aventura;

 

Mientras a mi hábil asechanza esquiva,

Fuga en sus pliegues ágiles tu falda,

Y con escalofríos de piel viva

Se ajusta el raso a tu armoniosa espalda

 

Mientras junto a la náyade oportuna,

Finge tu cuerpo, en su abandono blando,

Esas melancolías que son una

Pereza triste de seguir amando;

 

Aquel ingenuo amor de los serenos

Días, a nuestras ansias siempre tardos,

Ha empezado a placerse entre tus senos,

Como abeja dichosa entre los nardos.

 

Tu boca elude aún la impía falta

De mi beso, en que tu alma padecía:

Mas ya tus ojos que el recuerdo exalta,

Se entenebrecen llenos de la mía.

 

La tibia seda que en tus rizos toco,

Mórbido aroma en mis entrañas vierte,

Y siento que me invaden poco a poco

Ideas de mi madre y de la muerte.

 

Y recuerdo los versos de otros días;

Aquellos seres místicos y raros,

Que en su estricto lenguaje de armonías

Traducen incurables desamparos;

 

Y el epigrama en que, con hábil tino,

La ironía, en epítetos de mofa,

Vibra como una flecha de oro fino

Sobre el arco de acero de la estrofa;

 

Y los cantares que mi amor te expresan

-Estrofas agradables a tu oído-

En que las rimas dóciles se besan

Tal como las palomas en un nido.

 

Pues todas las canciones en que flota

Algo mío, alegrías o dolores,

Están en ti, como en la misma gota

De miel, los jugos de diversas flores.

 

En las sombrías noches de ventura

Guían con clara luz tus mismas huellas,

Porque cuando el amor te transfigura,

No tienes sombra como las estrellas.

 

Renueva aquí, bajo el follaje espeso,

La inquietud de los tálamos viudos,

Y te parecerá que a cada beso

Brota una flor entre tus labios mudos.

 

Cosecharemos flores; mi opulento

Jardín te brindará filtros extraños;

Y como el dulce ruiseñor del cuento,

Te encantaré en mi amor trescientos años.

 

(*) La negrita es nuestra. Quedan invitados a poner la suya.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s