Virginia Woolf / traducción / Paula Duarte / en la estela de Borges

Con una jugosa anécdota, que ojalá se pueda leer -al menos brevemente- en la introducción a la inminente publicación por Editorial Alción (Córdoba), Paula nos contó en el último Ateneo del CILA acerca de la aventura de traducir el Orlando de Virginia Woolf. Por suerte, solo al cabo del primer borrador terminado descubrió, en medio del invierno en la campiña inglesa, la anterior traducción al castellano hecha por Borges. El descubrimiento tardío evitó tener que matarlo, una vez más, aunque ya sea “el inmortal”, como Orlando mismo.

En el artículo que presentamos, la traductora cuenta acerca de este trabajo, lleno de felicidad, por cierto.

¡Gracias, Paula Duarte!

“A la sombra de Borges: el desafío de traducir (de nuevo) a Virginia Woolf”

Lic. Paula Florencia Duarte

 (UCA)

¿Por qué traducir Orlando de Virginia Woolf? Cuando empecé mi trabajo no me hice esa pregunta. El borrador de las primeras páginas surgió solo, hace ocho años, en medio de un invierno muy frío, muy largo y muy aburrido en el campo inglés. Traducir puede ser una forma de mantener la calma y la salud mental cuando nuestros vecinos son las ovejas y los faisanes. Orlando, además, me ofrecía el atractivo de la evasión: en toda la obra de Woolf no hay texto más libre y caprichoso que éste, la biografía ficticia de un aristócrata que vive varios siglos y cambia de sexo, pero no de personalidad. 

Más adelante, cuando ya casi había terminado, descubrí que existía un precedente ilustre: la traducción de Borges, de 1937, realizada para la editorial Sur junto con Un cuarto propio (Waisman, 2005: 40). Gran estupor. Compré el libro y lo leí enseguida: constaté que las dos versiones diferían, sin dudas, lo suficiente como para que nadie pudiera acusarme de plagio. Mi trabajo había sido gratuito: con las obras de Woolf en el dominio público, no había trabas para lanzarse a experimentar.

Un par de años después, en 2013, envié mi traducción a varios editores. Inmediatamente me respondió Juan Maldonado, de Alción, pero un accidente familiar dejó trunco el proyecto. No volví a ocuparme de Orlando hasta principios de este año, de regreso en la Argentina. El mismo editor aceptó la oferta, aunque consciente (como yo) de que publicar esta versión era exponerse a inevitables comparaciones.

La tradición argentina y los clásicos extranjeros: una periferia ávida de novedad.

Los que nos lanzamos a traducir sin un título universitario que nos avale tenemos un consuelo: toda la tradición argentina. Como señala el propio Borges, “[l]a historia argentina puede definirse sin equivocación como un querer apartarse de España, como un voluntario distanciamiento de España” (OC, I: 271). La traducción forma parte de nuestra identidad desde la Generación del 37. Traducir al castellano rioplatense desde territorio ajeno (en este caso, el Reino Unido) y por puro placer agrega, además, un matiz curioso: escribimos para el lector rioplatense que seguimos siendo pese al azar geográfico y sin saber si alguna vez el texto será leído. Después de todo, la traducción se presta al experimento y el disfrute. En ese sentido, quisiera compartir con ustedes las observaciones de la novelista Marie Darrieussecq (que tradujo al francés Un cuarto propio): “Pido perdón a los traductores que se ganan la vida con su trabajo; para mí es un pasatiempo extraordinario. Me relajo muchísimo traduciendo. Me encanta porque […] cuando uno escribe una novela tiene que sacar todo de sí; es una energía terrible y a veces muy melancólica […], y cuando uno traduce la materia ya está ahí. Es como una madeja de lana, y sólo queda tejerla en la propia lengua.” (Darrieussecq, 2016[1]).

En la línea del texto-madeja, me gustaría señalar algunos nudos:

  1.  Orlando es un libro que se sabe y se quiere moderno, aunque no experimental en el sentido de otras novelas de la autora. Woolf misma dice que lo empezó a escribir “como una broma”, dejándose llevar por un capricho, pero lo siguió “en serio”, y se sorprendió al ver que su marido lo creía, en cierta forma, mejor que Al faro (Woolf, 2012: 128).
  • Su protagonista, que es inmortal, llega al “presente”: 1928. Cuando Borges tradujo la obra, habían pasado pocos años desde su publicación. Hoy tenemos que salvar una distancia nueva: casi un siglo. La “modernidad” de Orlando, con sus automóviles, radios, ascensores y aeroplanos, nos resulta anticuada. Imaginar la ciudad de Londres en 1928 exige de nosotros un esfuerzo innecesario para los lectores originales de Woolf, al menos tan intenso como el que necesitamos para la época victoriana o el siglo XVIII. Imposible leer pasajes como éste sin cierta ironía:

 “No se podía distinguir nada ni leer cosa alguna de principio a fin. Lo que empezaba (por ejemplo, dos amigos que cruzaban la calle para encontrarse) nunca llegaba a término. A los veinte minutos, el cuerpo y la mente eran como papeles rotos caídos de una bolsa. Alejarse en automóvil de Londres se parece tanto a la trituración de la identidad previa a la inconsciencia (y tal vez a la muerte), que ignoramos si Orlando se sabía en el presente y la dejamos así, casi deshecha…” [p. 241]

  • Traducir Orlando es también plegarse a las citas y parodias que hace la autora de los clásicos de la literatura inglesa, desde Otelo hasta la poesía victoriana, pasando por Pope, Swift y los propios modernistas. Cada capítulo refleja el siglo en que transcurre la historia, desde la época isabelina hasta 1928, y por lo tanto impone un estilo y una respiración particulares. Al barroquismo del principio sigue el interludio “clásico” del siglo XVIII; el siglo XIX se presta a una sátira salvaje del sentimentalismo y el XX traslada al lenguaje el vértigo de la modernidad (la sintaxis entrecortada, las frases inconclusas). Estas lanas de diversos colores (para seguir con la metáfora del tejido) presentan muchos desafíos. Por ejemplo, ¿qué hacer con la poesía? ¿Prosificarla? ¿Traducirla en verso (con dudosos resultados)? ¿Dejarla en su lengua original y traducirla con la mayor fidelidad posible a pie de página? La última solución me pareció la mejor, ya que brinda al lector la posibilidad del cotejo. Como muestra, comparto con ustedes los versos de Alexander Pope que Woolf menciona en la fase neoclásica de Orlando:

“Ya sea que la Ninfa quiebre la Ley de Diana / o se Desconche un frágil Jarrón de Porcelana, / o ella manche su Honor o su Brocado nuevo, / olvide sus Plegarias o un Baile de Máscaras, / o pierda el Corazón, o el Collar, en un Baile.” [p. 165][2]

  • Puesto que traducimos para el lector rioplatense, nos topamos con un obstáculo: la monarquía. Orlando es un aristócrata de pura cepa, que se mueve entre reyes y reinas con toda comodidad. ¿Cómo traducir los diálogos entre estos personajes sin agregar un efecto de extrañamiento ausente en el original? Por coherencia, preferí evitar giros peninsulares y castellanizar dentro de lo posible los pasajes “monárquicos”. Así, cuando Orlando recibe a una fantasmagórica Isabel, dice: “La casa está a su disposición, Majestad […]. Nada ha cambiado. El difunto Lord, mi padre, la escoltará.” [p. 258]
  • Las lecturas de género corren el riesgo de enfatizar los aspectos autobiográficos de la obra, que existen pero no la agotan. (Irónicamente, leemos en el capítulo III, justo después de la transformación del/la protagonista: “Que otras plumas se ocupen de la sexualidad; nosotros preferimos evitar esos temas odiosos.”) Cualquier búsqueda en Internet revela los vínculos entre Virginia y Vita Sackville-West, que ya son parte del folklore literario y han dado lugar a una abundante bibliografía (y hasta filmografía). Me parece más interesante ver en Orlando un homenaje al acto mismo de la lectura, ya que todo lector activo es andrógino:

Orlando se convirtió en mujer, pero en todo lo demás permaneció igual. Si bien el cambio de sexo alteró su futuro, no modificó su identidad. Los retratos prueban que su cara siguió siendo prácticamente la misma. El recuerdo de su vida pasada quedó intacto, aunque sobre su memoria se cernía una leve neblina (como si hubieran caído algunas gotas oscuras en ese límpido estanque). Ciertas cosas se le habían desdibujado, pero nada más. La transformación había sido tan indolora y perfecta que la misma Orlando (por convención, hablaremos de “ella” en vez de “él”) no dio muestras de sorpresa. Por eso (y también porque semejante cambio va contra las reglas de la naturaleza) se ha intentado probar que: 1) Orlando siempre había sido una mujer; 2) aún hoy, Orlando es un hombre. Dejemos al asunto a biólogos y psicólogos. Como biógrafos, nos basta con registrar el simple hecho de que Orlando fue un hombre hasta los treinta años y entonces se convirtió, hasta hoy, en mujer. [p. 111]

  • La personalidad de Orlando está más basada en las letras que en su árbol genealógico de lujo. El poema que acarrea durante siglos, siempre reescrito, “El roble”, encarna la pasión literaria que filtra su visión del mundo:

En cada cajón yacía un enorme manuscrito, porque la enfermedad de Orlando no era nueva. Jamás niño alguno había mendigado manzanas o dulces como él rogaba que le dieran papel y tinta. Reacio a la charla y a los juegos, solía esconderse detrás de las cortinas, en recovecos de curas o en el armario detrás del dormitorio de su madre (que tenía un gran agujero en el piso y apestaba a boñiga de estornino) con un tintero de cuerno, una pluma y un rollo de papel. Así había escrito, antes de los veinticinco años, unas cuarenta y siete obras teatrales, historias, romances y poemas (en prosa y en verso, en francés y en italiano; todos románticos, y todos largos). Había hecho imprimir una de sus obras por John Ball, de la enseña de las Plumas y la Diadema, frente a St. Paul’s Cross, en Cheapside. Aunque contemplar el libro le daba gran placer, nunca se había atrevido a mostrarlo ni siquiera a su madre. Sabía que el acto de escribir, y más aún el de publicar, era una desgracia imperdonable para un noble. [pp. 60-61]

La literatura es su religión:

Orlando, que no creía en las divinidades corrientes, consagraba su fe a los grandes hombres. Con una salvedad: almirantes, soldados y estadistas no la conmovían, pero su fe en los escritores era tal que los creía casi invisibles. [p. 156]

Para terminar, un breve comentario. El aprendizaje de traducir a Woolf (vigilada por dos sombras, ella y Borges) me ha convencido de que no existe el punto final. Como Orlando con su poema “El roble”, podría seguir tejiendo durante años, borrando y corrigiendo un palimpsesto. Lo seguro (que ya es mucho) es que este trabajo me ha traído mucha felicidad.

Bibliografía

Obras de Virginia Woolf

Woolf, Virginia (2000), Orlando. A Biography [Orlando. A Biography. Londres, Hogarth Press, 1928]. Edición de Brenda Lyons, con introducción y notas de Sandra M. Gilbert. Londres, Penguin Modern Classics.

Woolf, Virginia (2012), A Writer’s Diary: Being Extracts from the Diary of Virginia Woolf. Edited by Leonard Woolf [A Writer’s Diary: Being Extracts from the Diary of Virginia Woolf. Edited by Leonard Woolf. Londres, Hogarth Press, 1953]. Londres, Persephone Books.

Traducciones de Orlando

Woolf, Virginia (1968), Orlando. Traducción de Jorge Luis Borges. Buenos Aires, Sudamericana.

Woolf, Virginia (2019), Orlando. Una biografía. Traducción y notas de Paula Florencia Duarte. Córdoba, Alción Editora.

Bibliografía adicional

Bell, Quentin (1973),  Virginia Woolf. A Biography. Londres, The Hogarth Press.

Borges, Jorge Luis (1995), Obras completas I-IV. Barcelona, Emecé Editores.

Darrieussecq, Marie (2016), Marie Darrieussecq aborde les thèmes de la fiction et des femmes en https://www.youtube.com/watch?v=d9U7KMhEXLk

Sackville-West, Robert (2011), Inheritance. The Story of Knole and the Sackvilles. Londres, Bloomsbury.

Sarlo, Beatriz (2003), Una modernidad periférica. Buenos Aires 1920 y 1930. Buenos Aires, Nueva Visión.

Waisman, Sergio (2005), Borges y la traducción [Borges and translation: the Irreverence of the Periphery, 2005]. Traducción de Marcelo Cohen. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora.


[1] La traducción es mía.

[2] Whether the Nymph shall break Diana’s Law, / Or some frail China Jar receive a Flaw, / Or stain her Honour, or her new Brocade, / Forget her Pray’rs or miss a Masquerade, / Or lose her Heart, or Necklace, at a Ball (Alexander Pope, The Rape of the Lock, vv. 105-9).

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